Hace tiempo leí sobre una isla llena de gatos en el sur de Japón . El artículo era bastante general y decía poco del sitio pero tenía un montón de fotos de encantadores felinos. La isla se llamaba Aoshima. Así, el día que empecé a planear mi viaje a Japón, Aoshima se convirtió en uno de los puntos importantes por visitar. Busqué “Aoshima” en Google y en Hyperdia —un sistema de búsqueda de horarios y trayectos de trenes—, ambos me mandaron a Miyazaki, una prefectura ubicada en la isla Kyūshū, al sur de Japón. Eso es lejos. Para llegar allá, si sales de Tokyo, prácticamente debes cruzar medio Japón. Pero yo no salía de Tokyo, salía de Osaka y, además, iría con Japan Rail Pass —el JRP es un billete de transporte que vende la compañía Japan Railways y que da acceso a sus servicios por 7, 14 o 21 días, según lo adquieras, sólo se puede comprar fuera de Japón y es para turistas o no residentes—, así que la expedición me pareció una de las mejores formas de aprovechar el acceso ilimitado a trenes bala y demás medios de transporte.

Tomé el primer tren bala con destino a Kagoshima, cuatro horas después abordé un convoy para llegar a Minami-Miyazaki, la estación desde la cual salía el tren local que me llevaría a Aoshima.

Una vez que subí al tren de la línea Nichinan supe que estaba lejos, lejísmos de Tokyo. Era prácticamente un camión que andaba en las vías, uno que de tan viejo tenía ventiladores de aspas en lugar de aire acondicionado. Se subía por la puerta de atrás y enfrente había una especie de máquina que indicaba el monto a pagar. Al avanzar chirriaba y se mecía, como si de una hamaca portátil se tratara. Eso le daba un toque pintoresco al de por sí peculiar paisaje. A diferencia de todo lo que había visto hasta ese momento, las vías corrían paralelas al mar, un mar claro y cerúleo que se mecía al mismo ritmo que el tren. Las palmeras daban aviso de que estaba en terreno tropical. Era como andar por la selva chiapaneca. Fue justo en ese trayecto que tuve la primera gran duda. ¿Por qué si era una isla tenía estación de tren? Quise tranquilizarme pensando que quizá así se llamaba el puerto también.

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Siete estaciones después llegué a Aoshima, Miyazaki, y, contrario a lo que esperaba, en la estación no encontré cartel o figura alguna de gatos, sólo tenía un par de bancas de madera y al salir vi un letrero que indicaba hacia dónde estaba la playa y un mapa del lugar en japonés.

En internet, había encontrado un hostal cercano a la isla: Guest House Hooju, un lugar económico —dos mil 500 yenes la noche, algo así como 300 pesos mexicanos—, principalmente dirigido a surfistas. Llevaba los datos y mapas para dar con el sitio pero había viajado toda la mañana y sólo quería ir a la playa para ver cómo se podía llegar a la isla, así que decidí buscarlo después. Sin embargo, caminando por la calle que lleva de la estación a la playa, lo encontré. Fue fácil identificarlo por la flor de hibisco azul, que es el logotipo del lugar. Por fortuna, tenían la habitación de literas desocupada, así que estaría sola. Me instalé rápidamente; en lo único que pensaba era en ir a la isla a ver gatos.

Salí del hostal y seguí los señalamientos. Vi algunos gatos en el trayecto y me emocioné. Crucé un puente peatonal que caía en una calle amplia llena de locales en los que vendían helados, sandalias, playeras coloridas con figuras de palmeras o hibiscos y artesanías locales. Me extrañó no ver cosas con gatos, pero ya no me quise detener a averiguar la razón.

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Llegué a la playa. Había varias personas en las orillas. Lo único que separaba a la isla de tierra firme era un puente ancho. Entonces supe que algo ahí estaba muy mal y era yo. Ese puente ni de broma podría detener a unos gatos de ir y regresar por donde les diera la gana. Era demasiado tarde para volver. Ya estaba ahí y era hermoso. El mar golpeaba contra una especie de rocas lisas con patrones uniformes, dando un aire especial al ambiente. El cielo claro perfilaba aquella pequeña isla llena de palmeras, y hacía que el bermellón del torii resplandeciera a lo lejos.

Me acerqué a la placa que estaba entre el puente y el torii, así supe que la roca irregular que rodea la isla fue formada por arena y barro que se acumuló en el fondo marino hace poco más de dos millones de años, por esa razón se considera un monumento nacional a la naturaleza y debido a su forma singular le llaman “lavadero”.

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Después de Nikko temí que ningún santuario me volvería a emocionar, pero en aquél de Aoshima, Miyazaki, el temor desapareció por completo. Era un santuario pequeño y quizá el bermellón con blanco era la misma combinación que ya había visto en otros lados; sin embargo, no sé si era el mar, el cielo infinitamente azul o el verde de las palmeras pero lucía radiante, idílico, como si de un pequeño rincón de paraíso se tratara. Según cuenta la historia en una tabla en la entrada del santuario, ese lugar era reverenciado desde la época temprana de la era Heian, por el siglo IX, y se supone que ahí se bendice a quienes se quieren casar.

Seguí caminando y vi que junto al templo había una puerta tras la cual se veía un pasillo con tablillas de madera ema —pequeños trozos de madera con algún dibujo del santuario en cuestión, en las cuales se escriben peticiones o deseos para hacerles llegar a los dioses del sintoísmo— en el techo y a los dos lados, formado un túnel con vegetación del lugar, el cual desembocaba en un camino bordeado de palmeras y plantas tropicales. Me adentré y llegué hasta un altar pequeño con un par de palmeras de las que pendía un lazo con dos palos delgados a los que les amarraban listones de colores: blanco, rosa, amarillo, verde o azul, aunque el color más usado era el rosa.

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Aceptando mi error, salí del santuario y camine por la orilla un kilómetro y medio, dando vuelta a la isla de tan sólo poco más de cuatro hectáreas de superficie. A lo lejos vi un faro blanco, más allá de las rocas de arena que bordeaban la orilla. Y regresé de nuevo al puente y al torii. Me senté a descansar y a disfrutar el panorama. La arena era mucho más rasposa que las de las playas mexicanas, pero era clara, tibia y limpia; el cielo y el mar perfilados por las extrañas rocas ancestrales de arena eran tan azules que el nombre no era más que su reflejo —“Ao” quiere decir “azul” y “shima” playa”—. Tal vez esta Aoshima no era la isla de los gatos, pero no me importó. Sentada ahí, sintiendo el agua fresca del mar en mis pies, era feliz. El viaje había valido la pena.

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