La encontré a las afueras de una Bodega Aurrera. Estaba extendida en la banqueta, muerta, aparentaba que dormía, un perro incluso se acercó y la olfateó, casi la besaba con su hocico.

Yo me encontraba en una cabina telefónica observando ese momento tan asqueroso que sentí escalofríos, mientras las manos me sudaban. Sentí que era un momento definitorio en mi vida. La muerte de una rata, un domingo de cambio de horario, y yo lejos de casa.

De pronto así, las ratas pueden aparecer en ese camino oscuro por Eje Central, en la frontera entre la colonia Obrera y la Doctores, cuando no queda de otra que caminar hasta encontrar el último trolebús rumbo a la central de camiones de Taxqueña. Le antecede una discusión absurda con mi novia, salir casi corriendo de su casa en la colonia Roma, tomar todo avenida Chapultepec a pie, ir tarareando alguna canción para que los roedores se alejen y así evitar un encuentro con mis pies.

Llegando a Eje Central, estuve unos minutos en la parada del trolebús, pero éste nunca llegó porque, como ya dije, el cambio de horario se lo tomaron al pie de la letra y en lugar de ser las 12 era la una de la madrugada. Y esta ciudad de costumbres atípicas, como se lo he escuchado a más de uno decir, iluminándoseles el rostro, como si este fuera el mejor sitio para vivir, llega un momento de la noche que es tierra de nadie. Me dispuse, entonces, a caminar porque no me alcazaba para tomar un taxi hasta Coyoacán y para evitar encuentros inesperados me fui andando por el carril del trolebús, así si llegaba alguno, podría hacerle señales de que parara.

trolebús de noche

Pero no fue así. Seguí a pie con las manos metidas en la chamarra y dando pasos firmes. Atento a todo, también a las ratas. Cuando cruzaba una parada del trolebús vi a una mujer que algo esperaba y a un hombre, con ropas de hospital, quien me preguntó, “¿si pasara el Trolebús?” Fue así que Alfonso, se dispuso a acompañarme, él iba unas cuadras adelante y venía saliendo de Centro Médico. Él es camillero, me mostró su credencial, pero antes de llegar a su hogar, quería pasar por un poco de mota para darse “un toquesito y descansar”. Así me dijo. Me pidió que lo acompañara e incluso me comento que él me podía ofrecerme un espacio en el hotel donde se hospedaba, que estaba cerca de ahí. Al parecer había también tenido una discusión con su mujer. “¡No hay coincidencias, por algo nos conocimos!”, me expresó.

Aunque Alfonso me pareció un tipo confiable, al final decidí que debía seguir mi camino, no sin antes meternos a las calles de la peligrosa colonia Doctores, hasta llegar a una casa donde lo recibió una mujer embarazada, luego pasar frente al altar de la Santa Muerte y tomar de nuevo Eje Central. Me despedí de Alfonso.

Un trolebús venía lo lejos, en el fondo sabía que no iba a parar, pero fue la manera más sencilla de decirle que yo prefería seguir mi camino, mientras él tomaba un taxi hacia el lado contrario. Pero al mirar a la rata muerta a unos metros más adelante, sobre la banqueta, las pocas monedas que tenía en la bolsa de la chamarra, las saqué para llamarle a mi novia y decirle que me dejara quedar en su casa, que me apoyara con el pago del taxi. Ella aceptó. A veces el amor tiene esas maneras tan oscuras de expresarse.

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