Desde que atravesé los sensores de seguridad supe que la cosa no andaba bien. Le sonreí al policía de la puerta, pero sólo me devolvió una cara extraña, que rondaba entre el hartazgo y la molestia. Mientras caminaba iba sorteando personas, carritos de metal y niños, que como en una extraña danza, se movían ni ton ni son de manera agresiva y veloz.

—Espérame, no vas sola —me dijo una voz familiar. Claro, era mi mamá, a quien había olvidado por completo a causa de mi ofuscación. Ella venía detrás mío, llevando el carrito de supermercado, el cual sonaba como columpio desvencijado y roído por la intemperie.

Continué por los pasillos, y a mi paso me acompañaba el chillido del vehículo metálico, que se mezclaba con el extraño sonsonete de una voz omnipresente que sin decir con claridad una sola palabra coordinaba al personal de la gran bodega. Y que decir de la música estridente proveniente de una bocina reventada, que al compás de un cadencioso reggaetón, ambientaba a un sonriente merolico que invitaba a la clientela, mientras bailaba de una manera muy “seductora”, a probar de un vasito de plástico un líquido que simple vista daba la pinta de ser leche.

Foto: Simon Shek Flickr

Foto: Simon Shek Flickr

De verdad que no soy payasa, me encantan los lugares ruidosos y llenos de vida. Amo los mercados y tianguis callejeros. Sin embargo, mi verdadero problema es la falta de vida, la falta de alma que predomina en estos lugares.

Y cómo no sentirme incómoda, si entrar en alguno de estos espacios es casi como romper de un solo tajo cientos de años de tradición.

Los mercados populares han sido el corazón de cualquier establecimiento humano; representan el centro de poder económico por las transacciones comerciales que se llevan en su interior; son el centro cívico por ser los lugares predilectos para eventos masivos de cualquier índole; son el centro de la legalidad , pues por la gran cantidad de actividades y personas que se dan cita en ellos, fue necesario comenzar a establecer un conjunto de reglas y leyes que permitieran una convivencia armónica; el centro religioso, que en tiempos prehispánicos acogía en su interior un momoxtli (altar sagrado) que los protegía, y que a la llegada de los españoles se substituyó por una iglesia, las cuales siguen vigentes hasta nuestros días. Por todas las circunstancias anteriores los mercados cumplían a la par la función de ser el centro social por excelencia, pues en ellos se daba la convivencia entre todos los sectores de la población, siendo el lugar adecuado para la expresión artística, ideológica, académica y cultural.

Veía los pisos brillantes de color arena, la estantería metálica cubierta con esmalte color hueso, el techo de lámina del cual se sostenía una pesada red de tubos y cables, de los cuales colgaban filas interminables de lámparas fluorescentes tubulares que irradiaban una luz blanca, tan fría que podría jurar que permeaba en los cuerpos de las personas que trabajan ahí, así como de los visitantes durante el tiempo que se encontraban en la bodega.

Oblivious Dude flickr

Foto: Oblivious Dude Flickr

Una voz monótona de tono gangoso interrumpió mi contemplación de manera tajante e impersonal:

—Jamón, pechuga de pavo sin sal de la marca Peñaranda, salchicha de Fud baja en grasa o panela de los Volcanes.

La vi a los ojos y en ellos no pude encontrar más que el mismo sentimiento del policía de la entrada. Hartazgo y molestia.

Cajas, latas, bolsas, envases de vidrio, especieros, botellas, empaques… Cuantas formas alejadas de la realidad, colores que agreden la mirada y olores que escapan de lo natural. No pude evitar leer en todos los productos a mi alrededor frases como sin conservadores, sin grasas trans, con más vitaminas, con mucha más fibra… Nuevamente me sentí extraña entre tanta novedad, pues de un solo tipo de alimento podía encontrar hasta siete variedades de una misma marca, y no sólo eso, habían unas opciones muy baratas, que me hicieron dudar de su calidad y las condiciones laborales y de producción que tendrían que implementar esas empresas para lograr venderlo a ese pequeñísimo precio.

En ese momento logré comprender más claramente la traición; la estrategia desleal que las grandes empresas transnacionales de supermercados han implementado desde su llegada, entre las décadas de los 70 y 80, para desbancar y desaparecer nuestro sistema comercial tradicional.

A decir de un estudio realizado en el año 2002 por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), las ventas en los mercados locales habían bajado casi un 60% en una década, dejando a casi 70 mil comerciantes con una caída constante en sus ventas.

La mayoría de los mercados de barrio se levantaron en los años 50, por lo que de los 318 mercados tradicionales que hay en la Ciudad de México, alrededor de 200 necesitan reparaciones urgentes de plomería y electricidad.

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—No empieces, siempre quieres comprar lo más caro, parece que ganas la millonada —me dijo mi mamá en tono molesto. Por fin había encontrado un espacio que me hacía sentir un poco mejor; la diminuta zona de los orgánicos, donde etiquetas con indígenas invitaban a comer sus productos de una manera circense y exótica.

Ya sé, a este paso pensarán que nada me gusta y que jamás estoy conforme. Pero me parece un insulto explotar la imagen de la gente de comunidad nativa haciéndola parecer una atracción en lugar de dignificar su valor cultural.

Pero también habían imágenes de vacas pastando (que no sonreían hipócritamente), árboles y plantas con colores realistas, y etiquetas sobrias, que buscan adeptos por la calidad y beneficios sociales que brindan a consumidores y productores, en vez de un despilfarre en su presentación.

Bueno, limpio y justo. ¿Por qué comprar un alimento que no te va a nutrir, que no es sano para ti, que esclaviza a quien lo produce y elabora, y que destroza el medio ambiente de donde lo obtiene? ¿Porque la televisión te lo dijo? ¿Porque tiene olores y sabores vibrantes? ¿Porque es barato? ¿Porque todos lo hacen?

Foto: Plasticchef1 Flickr

Foto: Plasticchef1 Flickr

—¿Encontró todo lo que buscaba? Nos dijo una joven de cuerpo grueso, cabello recogido en una cola de caballo, engominado hasta la coronilla. Su cara morena estaba enmarcada por dos mechones de cabello, también engominados, que caían como un par de cuerdas negras. Sus párpados iluminados de una sombra azul celeste, las mejillas rojas, como dos jugosas manzanas maduras, y sus carnosos labios color carmín, que hacían juego con las chapitas, no podían ocultar la misma expresión de su rostro, a pesar del alegre colorido, esa misma mueca que portaba con pesadez el policía y la mujer de la salchichonería.

Antes que pudiera decir algo, mi mamá sospechó mi respuesta. Con un SÍ tajante, acompañado de una mirada firme hacia mi de “te callas”, respondió a la pregunta. Uno a uno fueron pasando los artículos por el escáner mientras sonaba el bip repetidamente como un eco mecánico que retumbaba en mi cabeza.

Pedí una caja para mi compra, era lo menos que podía hacer después de haber traicionado de esa manera a mis cuates del mercado. Al levantarla me pareció lo más pesado que había cargado en mi vida. Aún así y con la frente en alto, salí lo más pronto que pude para que con el rayo del sol y la vida de la calle se disipara ese frío haz de luz que, al parecer, transformaba a cuanto ser que tocaba en un helado androide víctima de la modernidad.

Ilustración: Hernán Kirsten

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