El 9 de enero como una epifanía, tras dos noches de insomnio llegó la respuesta: decidí darle la vuelta al mundo. Quizá fue porque me gustaba leer a Julio Verne de niña y, por supuesto, devoré “La vuelta al mundo en 80 días”, o porque en navidad reconocí que mi corazón clamaba por una dosis de aventura y adrenalina, o porque de repente mi casero decidió dejarle el changarro a su hijo lo que —sin entrar en detalles— resultó en la mudanza de todos los vecinos a los cuales, por supuesto, terminé por sumarme; o simplemente porque cuando era niña y veía a los mochileros con sus voluminosos bultos en la espalda, los zapatos con tierra de todas partes, las nucas bronceadas por el sol y entre la cara y el pecho la luminosa impresión de ser libres, me daban ganas de ser como ellos.

En todo caso y más allá de razones y pretextos, decidida crucé la puerta que la epifanía me abrió y en mayo del 2014 abordé un vuelo trasatlántico que varias horas después aterrizó en el aeropuerto de Heathrow, Londres. Tras dar una serie de explicaciones en migración, mostrar todo mi itinerario alrededor del mundo, detallar quién era, qué hacía, por qué viajaba, por qué sola y un largo etcétera que se resolvió en cuanto echaron una mirada a los fondos que habrían de cubrir el viaje, sellaron mi pasaporte con un visado de seis meses y yo me dirigí al corazón de Londres, la actual versión de Londinium, una ciudad romana erigida sobre las aldeas celtas de Llyn Din junto al río Támesis.

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Tras adquirir una Oyster —una tarjeta recargable para pagar los diferentes medios de transporte público de la ciudad—, ingresé al subterráneo y luego de un par de transbordos me reuní con Grace, quien sería mi anfitriona durante los siguientes días y me proveería, no sólo de una mirada local, sino de un hospedaje poco común. Ella forma parte de un programa a través del cual el gobierno renta inmuebles —que de otra forma estarían abandonados— por bajo precio a quienes denomina “guardianes de propiedad”. De tal manera que ella y sus compañeros ahora habitan lo que solía ser un centro educativo para señoritas a unos minutos del centro de Londres. Cuenta con dos jardines, una gran cocina y varias habitaciones.

Londres-1 Tras comer y darme un baño salí a explorar esta ciudad que actualmente atrae gente de todas las culturas y regiones del mundo, tanto que la población migrante ha llegado a rebasar el número de londinenses originarios y en sus calles uno se puede llenar los oídos de inglés, francés, italiano, árabe, malayo y español de múltiples acentos, entre otras tantas lenguas.

Empezaba a oscurecer cuando mis pasos me llevaron a la plaza de Trafalgar; ahí una tonada familiar vibraba en el aire y pude escuchar las sabias palabras de Bob Marley que como un buen augurio me decía

“Don’t worry, about a thing, ‘cause every little thing is gonna be alright…”.

La plaza de Trafalgar fue construida alrededor de 1800 y coronada por la Galería Nacional que contiene pinturas que abarcan seis siglos de historia (del XIII al XIX), entre los cuales se encuentran trabajos de Da Vinci, Boticelli, Renoir y Van Gogh, y frente a ella me sumé a los turistas que tomaban fotos con cámaras, teléfonos y tabletas. Mientras que la banda de músicos callejeros seguían interpretando covers de Bob Marley continué mi caminata hacia el corazón del West End para encontrarme con aquella famosa intersección de avenidas conocida como Picadilly Circus, donde al caer la noche las luces de las tiendas y teatros se encienden y los artistas callejeros reúnen en círculos a un público que no pierde la oportunidad de grabar con sus celulares los números musicales y dejar uno que otro euro para los intérpretes. En este punto del mapa, además del bullicio, las luces y la multitud, se encuentran el monumento Saftsbury, el Teatro Criterion, renombrado edificio abierto en 1874, cerrado en 1989 por restauración y reabierto 3 años después, y el London Pavilion cuya construcción data de1859.

Londres-4 Plaza Trafalrgard

Londres como toda gran metrópoli ofrece muchas opciones de entretenimiento, que acomodan diferentes intereses y necesidades. Hay quien seguramente disfrutará más que yo caminando por el Soho y mirando o comprando en las tiendas (lo siento, pero cuando viajas alrededor del mundo dentro de un presupuesto que no admite tonterías siempre tienes que estar pensando qué es lo que metes en la maleta, su volumen, peso y cuántos países y tiempo de viaje te queda por delante); o a quienes les venga bien la idea de gastarse todo su dinero en comer y/o beber, cosa perfectamente posible en Londres porque no es nada barato.

Pero si lo que quieren es ampliar su horizonte, encontrarse con objetos preciosos, raros y únicos y terminar un poco locos de ver tantas maravillas, lo más recomendable es darse una vuelta por los museos de esta ciudad porque ¡son gratis! ¡Sí, la entrada a los museos es gra-tis! Exceptuando algunas exposiciones especiales claro (nada es perfecto…). Así que si su presupuesto no da para más o el horroroso e impredecible clima londinense los lleva a buscar refugio no duden en internarse en las galerías del Tate Britain —donde pude ver una fantástica exposición de ilustraciones de William Blake entre otros tantos cuadros e instalaciones—, el Tate Modern, el Museo de Historia Natural y un largo etcétera que no dejará de deleitarlos.

Londres-6 Torre de Londres

Por otro lado, si son fans de la historia, no pueden dejar pasar la oportunidad de gastar sus preciosas libras esterlinas (a casi 23 pesos cada una) en una visita a la Torre de Londres, que no sólo es una fortificación que durante 900 años aprisionó a todos los disidentes de la monarquía en condiciones infrahumanas, también fue el escenario de múltiples ejecuciones, incluyendo algunas “privadas” en uno de sus patios interiores donde distinguidos personajes de la historia, como Ana Bolena o Jane Grey, exhalaron su último aliento. También es un lugar donde hoy en día se pueden ver exposiciones que cubren desde las etapas de su construcción, las armaduras de hombres y caballos, los aposentos del rey, los baños medievales, colecciones de diferentes tipos de moneda utilizados, una sala en la que al colocarse un casco de armadura los visitantes podemos revivir cómo se percibía la batalla desde ella —lo que se resume en poca movilidad y visibilidad, así como mucho ruido resonando en el casco de metal; tras un día de batalla estos pobres soldados terminaban sordos, ciegos y enloquecidos—. Pero eso no es todo, en su torre blanca se puede visitar una exposición de las joyas de la corona que incluye cetros, espadas, coronas, tiaras y demás objetos pomposamente adornados y donde, por supuesto, no se puede tomar fotos.

Si ustedes, como yo, tienden a engentarse pueden tomar refugio en la Capilla Real de San Pedro y Vincula o echarle un vistazo a los perennes habitantes de la torre: los cuervos —cuenta la leyenda que si estos desaparecieran, la torre se desplomaría.

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Si después de visitar la torre, sus invencibles pies les dan para seguir andando por la ciudad, todavía hay mucho por ver: el London Eye, el Big Ben, la foto obligatoria frente al palacio de Westminster, el cambio de guardia en el palacio de Buckingham, la impresionante catedral de San Pablo. Claro que no sólo están los monumentos, también se encuentran los diferentes barrios del centro de Londres, incluyendo Camden Town, donde pueden internarse en sus mercados y tiendas; o visitar Camden Lock, a un costado del canal Regents, donde una variedad de puestos de comida los espera con almuerzos peruanos, etíopes, polacos, coreanos y demás. También está White Chapel, donde podrán ser testigos de la gran diversidad londinense pues este barrio alberga una gran comunidad islámica e hindú.

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Todo esto puede resultar apabullante para quien visita Londres porque no importa qué tantos lugares pises o cuántas actividades incluyas en tu itinerario, siempre parece que te estás perdiendo de algo. Yo no resulté inmune a esta sensación, de tal manera que tras reflexionarlo encontré una sencilla forma de “hacer las paces” y todo se resume en en una frase: “el lugar donde estás es donde debes estar”. ¿Simplista? Quizá pero este es el resumen de la siguiente reflexión: es cierto que cada quien cuenta su historia dependiendo de cómo le fue en la feria; pero también es cierto que algunas condiciones para dicha historia son generadas a priori pues cada quien (jaja) consigo mismo, su bagaje de intereses, aversiones, disposiciones, razones, deseos y condiciones son algunas de las fuerzas que modelan la experiencia de cada viajero. Pero hay muchos otros factores fuera de nuestro control que pueden terminar por modificar nuestros prístinos planes y llevarnos a experiencias, territorios, descubrimientos, relaciones y aventuras que nunca esperaemos tener pero igualmente nos corresponden, se vuelven parte de nuestra vida y con frecuencia nos llevan a cuestionar quiénes somos, reinterpretar de dónde venimos y modificar hacia dónde vamos. Ésta es justamente la magia de viajar: saber que inevitablemente saldremos transformados —cual Odiseo— tras la experiencia. Y qué mejor forma de transitar la metamorfosis que aceptando que el lugar físico, psicoemocional o metafórico es exactamente el que debe de ser en la intersección tiempo-espacio donde nos encontramos.

Así que cuando salí de la morada de Grace una mañana muy temprano para tomar el avión que me llevaría a mi siguiente destino no pude evitar sentirme expectante, pues me dirigía a lo que algunos han llamado la cuna de la civilización occidental, donde me esperaba más de una sorpresa.

Fotos de la autora.

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