Bien dicen que el agua busca su nivel, y era de esperarse que una glotona como yo estuviera rodeada de personas con muy buen diente. Ese el caso de mi amiga Fabi, una brillante cocinera amante de lo dulce que me incitó a conocer la panadería Lorem.

“En enero, cuando se que hay rosca de reyes, ni desayuno para ir tempranito y comerme un cachote. ¡Uy, y si te contara del pastel de tres leches…! Haz changuitos para que todavía haya un pedacito, por que se acaba de volada”, me contaba Fabi mientras caminábamos por la calle de Bolivar, bien cerquita del metro Isabel La Católica.

Calle

“Aquí es”, me dijo con emoción al llegar al número 90. Al ver el pequeño local sentí cierta nostalgia pues aún conserva ese aire de barrio, donde se percibe una total sencillez en todos los rincones; paredes casi desnudas, estantes de madera sólo cubiertos por una delgada capa de barniz, claramente fabricados por un carpintero. Con estructuras sencillas donde armazones de metal blanco sostienen dos pisos de charolas abolladas, que dejan lucir a los protagonistas azucarados en total plenitud. Una barra de madera, igualmente rústica, que invita a los visitantes a recargarse y comenzar una conversación trivial. Y no podemos olvidarnos de la brillante vitrina regriferada que ostenta una deliciosa variedad de pasteles, tartitas y otros pequeños tesoros que esperan a ser degustados en ese paraíso invernal.

Concha En este mágico escenario, donde parece que el reloj se detuvo, no pude dejar de recordar la pícara frase ¿A que hora sales al pan?, o la tentación infantil que me causaban las donas cubiertas con brillante chocolate y chochitos multicolores, o los conos rellenos de esponjosa crema pastelera, que recorría una y otra vez con la mirada cada vez que acompañaba a mi mamá a la panadería de la colonia. Y claro, después de un gran berriche, engullía con una tranquilidad infinita, disfrutando chochito por chochito o dedazos de cremita.

Al entrar, Lilia Salazar nos recibió con una amable sonrisa. Me sorprendió un poco que estuviera vestida de manera casual, pues estoy acostumbrada a ese uniforme de estricta pulcritud que exigen portar en las panaderías de cadena y de supermercados. Ropajes que en mi opinión están bastante exagerados si consideramos algunas de las sustancias que le adicionan a sus productos.

Ella me contó que la pastelería tiene 41 años de antigüedad y fue su padre el que comenzó con el negocio. Oriundo de Santa María del Río, entre San Luis Potosí y San Luis de la Paz, llegó a la Ciudad de México y comenzó a trabajar con un pastelero francés en la colonia Nápoles.

“Él ahí aprendió y le gusto tanto que decidió independizarse y abrir su propio local”, me cuenta Lilia. Pero ahí no paró la cosa, dos hermanos se subieron al tren harinoso y hasta el día de hoy son los que elaboran las piezas de pan. Y Lilia no se aburre en su jornada diaria, pues su sobrina, a pesar de estar en plena adolescencia, disfruta de ayudar a su tía en las labores diarias con una sonrisa constante. Es un negocio totalmente familiar.

Lilia

Conchas, cuernos, donas, bisquets, panqués y galletas son algunos de los panes que ofrecen diariamente, claro, sin dejar de lado las deliciosas roscas de reyes, los panes de muerto y una gran variedad de repostería. “Lo clásico”, dice Lilia.

En ese momento recordé lo que mi amiga me había dicho de la rosca y quise saber si sólo era una opinión personal o una tentación compartida. “Vendemos al rededor de cien kilos en pan, ya sea de rosca de reyes o pan de muerto, durante los dos o tres días que dure la mera fiesta”, me comentó Lilia al respecto. ¡Órale!, no podía imaginar esa cantidad de panes saliendo de un establecimiento tan modesto.

Con orgullo Lila dice que su producto es muy buscado porque desde siempre han utilizado ingredientes naturales: mantequilla, huevo, azúcar y fruta de verdad, nada de conservadores, esencias o colorantes. No pude dudar de sus palabras, pues al acercarme a ver con más detenimiento la mercancía de las charolas y la vitrina, pude constatar lo puro de los colores y olores, nada de tonos neón o fragancias exageradas.

Por esa razón aún hoy en día venden alrededor de unos 300 panes diarios, pero Lilia recuerda que antes del terremoto del 85 la cantidad era mucho más alta, pues había oficinas y bancos en abundancia, además de la Secretaria de Hacienda. Es decir, un mundo de gente deseosa de incluir un elemento dulce en cualquier momento de la jornada.

Por su gran trayectoria son bien conocidos por los vecinos, quienes continúan acudiendo religiosamente a comprar sus piezas favoritas. Y sin duda, esto lo sabe bien Lilia, también uno que otro transeúnte es atraído por el dulce olor que emana de ese pequeño local y se regresa a comprar. Así fue que mi amiga se volvió amante de sus delicias azucaradas.

Concha y caféComo es bien sabido la jornada de un panadero inicia desde antes que salga el sol; y esta panadería no es la excepción, pues ellos llegan a trabajar entre las cuatro o cinco de la mañana, para que a las siete empiecen a salir los primeros panes. A eso de las once terminan de elaborar los últimos del día, para que ahí en adelante Lilia haga su labor de venta, que comienza desde que salieron las primeras piezas y termina a las nueve de la noche, hora en que cierra el local.

Cuando le pregunté por que trabajaba ahí, ella entre sonrisas y ricitas me respondió tímidamente que era para ayudar a su papá, pero después de unos minutos de plática salió el peine: Lilia es una entusiasta amante de las pequeñas creaciones familiares, su pan favorito es la concha que normalmente la acompaña con un atolito o un cafecito, pero igual no le hace el feo a ningún panecito que le haga ojitos. Así que no lo dudé y compré una.

¡Mmmm!, de verdad tenía razón. Con su centro esponjocito, su coraza azucarada y su delicado sabor me sentí justo en la gloria. Ahí sentada; sola; en un café del corredor peatonal de la calle de Regina; con los labios, el chaleco y la mesa llena de migajas y gotitas de café; disfrute mientras se detenía el tiempo en medio de esta gran ciudad desenfrenada.

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