Decía el maestro Armando Jiménez, ese cronista del populacho mexicano, que las cantinas en México son diferentes de las de todo el mundo, porque aquí uno no viene a tomar sino a platicar. Y tenía toda la razón. Si uno observa bien, en esos lugares nadie está solo; un “¡Salud!” propicia la amistad, el compadrazgo, la pachanga. Basta darse una vuelta a las del Centro Histórico y entrar a esos locales que se fundaron cuando ese pedazo de tierra era la antigua Ciudad de México.

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Ahí está La Potosina, en el barrio de la Merced, que cada vez que juega el Atlante cambia su nombre a “La Potrosina”. El primero en ponerse la playera azulgrana es don Roberto Solórzano, el propietario. Tal es su afición que en una pared están las fotos, muchas autografiadas, de los jugadores que hicieron época con ese equipo de futbol. Entre la cerveza, los chicharrones de harina y la leyenda de que ahí se planeó el asesinato de John F. Kennedy, Suena la porra de los Potros del Atalnte: “Les guste o no les guste, les cuadre o no les cuadre el Atlante es su padre, y si no a chinguen a su madre”.

O qué tal el Salón España, a un lado del Colegio Nacional, ese recinto que reúne a las grandes mentes mexicanas de nuestro tiempo, en lo que fuera en Convento de la Enseñanza. Es un museo con recuerdos de la Revolución al que los empleados de la Secretaría de Educación Pública, los del Museo del Templo Mayor y uno que otro transeúnte va a degustar y hablar de los más de 170 tequilas don José Ascencio, el dueño de este lugar, manda desde Arandas, Jalisco, donde vive actualmente.

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Unas calles adelante, pasando la Plaza de Santo Domingo, está La Dominica en la esquina de Belisario Domínguez, en una casona barroca de muros de tezontle color vino y marcos de cantera. Al rededor de la barra, que conserva las escupideras en los extremos y en el piso, así como una caja registradora que casi alcanza el centenario, se reúnen los parroquianos de siempre, los del barrio, los que pasan la tarde platicando de su día con don Poncho, el encargado.

Lo mismo pasa en La Esperanza, en los confines del Centro Histórico, en la esquina de Allende y Perú. Tony Ramos, el dueño y cantinero, escucha a sus clientes, a los que conoce de siempre, esos que no traen dinero y les fía la cerveza o el ron. “No hay problema, te lo anoto en la lista”, dice Tony mientras saca su cantón blanco y una pluma y escribe. Todos quedan contentos con el acuerdo mientras escuchan a Jim Morrison cantar “People are Strange” y son observados por los retratos de John Lennon, de Benito Juárez, de Cantinflas, de Marilyn Monroe y demás personajes cuya foto está colgada en las paredes azules.

Que observador resultó Armando Jiménez: “La Ciudad de México es tan grande que ya no conocemos el nombre del vecino que vive al lado o enfrente, y todos necesitamos platicar con alguien, y que mejor lugar que una cantina o una pulquería”.La Potosina 2 La-potosina-1 Tio-Pepe-1 Tio-Pepe-2 Tio-Pepe-3 La-dominica-1 La-Dominica-2 La-Dominica-3 La-Dominica-4 Salón-España Salón-España-2 Garibaldi La-esperanza

 

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