La fiesta comenzó muy temprano. A las seis de la mañana el mariachi ya estaba en el interior del mercado. En cuanto doña Martha les dio la indicación, soltaron las primeras notas de “Las mañanitas” para la Virgen que colocó en un altar, tan grande que parece un modesto escenario para un artista local. Ahí está “La Patrona”, con vestidos diferentes, mirando con sus ojos sin vida los arreglos florales y la ofrenda musical de sus más fieles devotos: los comerciantes. Y la escena se repite en todo el mercado y las calles de Alhóndiga y Roldan, en lo que llaman el Corredor Comercial Merced, a una cuantas cuadras del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Es 24 de septiembre, día de la Nuestra Señora de las Mercedes; hay festejo en el mercado y el barrio de La Merced. Prácticamente cada local del centro de abasto tiene su altar, algunos parecen capillas en medio de las cebollas y los limones y en vez del perfume del incienso, se respira el olor del ajo, el chile, el jitomate, la carne cruda combinados. Hay también un festival de música. Cada 20 metros está colocado un escenario donde toca el mariachi, el grupo de norteño, los de cumbia, el sonidero. Las marchantas le rezan a la Virgen, miran al artista en turno, compran el mandado y reciben su taco de canasta o de arroz con pollo. Compartir la sal y las tortillas es una forma de agradecer a la Virgen las dádivas de este año.

En el barrio no es diferente. Las dueñas de comercios cocinan desde temprano más de 50 kilos de mole en las grandes cazuelas donde revuelven la salsa lentamente con las cucharas de madera. Los hombres van por el pedido que hicieron un día antes de carne de puerco: maciza, cuerito, oreja, trompa y la manteca, todo para preparar las carnitas fritas, al estilo Michoacán, aunque ellos sean de Oaxaca, vivan en el municipio mexiquense de Nezahualcoyotl y trabajen en el Distrito Federal. El cazo ya está colocado frente al altar. Y es una fortuna que la Virgen sea de yeso, que si no sería una tortura estar parado ahí sin probar aunque sea un taquito de la garnacha, con cebolla, cilantro y su salsita verde.

Lo bueno viene en la tarde. A las dos ya no se puede pasar más al mercado. Los locatarios recogen sus puestos, bajan las cortinas de acceso y se van al baile. Pero no sólo ellos: también llegan los cargadores, que han forjado sus gruesos brazos mientras descargan los camiones con frutas y legumbres; los diableros, que transportan mercancía de un lado a otro en su carretilla vertical llamada diablo, al mismo tiempo dan su grito de batalla: “ahí va el golpe”; los vendedores ambulantes, que se instalan al rededor de la zona que cariñosamente llaman “La Meche”; los vecinos de las colonias cercanas, como Candelaria, Morelos, Tepito, y otros que llegan de zonas más lejanas pero que tienen mucho en común, como Neza, el Peñón de los Baños, Cuautepec, San Juan de Aragón. Bien lo dice un sonidero: “Damos la bienvenida a todos los que nos acompañan al aniversario de La Merced. Ellos también son familia, son el barrio, son la raza”.

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Fotos: Sonia Yáñez / Memo Bautista

 

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