Seguramente varios de ustedes han ido una vez en la vida al Museo de Nacional de Antropología, uno de los museos más importantes de la Ciudad de México; que digo la ciudad, del país entero. Típico que en secundaria te mandaron y por dedicarte a copiar la info de las cédulas no viste nada. Pues ahora es el momento de regresar y redescubir, como yo, el amor por nuestra historia.

Caminar por el hermoso Paseo de la Reforma –claro, cuando no hay tráfico- es gratificante, y llegar justo a la esquina con Gandhi nos obliga a hacer una parada fundamental. Es la de visitar este lugar.

Voladores-papantla Desde el inicio es toda una aventura, ya que si llegas justo la hora en que los Voladores de Papantla están haciendo su espectacular danza, comienzas a llenarte de buena vibra. En este ritual al cosmos, un grupo de cinco hombres vestidos a la usanza totonaca -con camisa y pantalón de manta, un paliacate rojo y un gorro en forma de cono, que a su vez tiene un pequeño penacho multicolor-, suben un palo, el palo volador, de 30 metros de altura. Cuando se encuentran en la cúspide, cuatro de ellos se amarran una cuerda a la cintura y se tiran al vacío para emprender el vuelo y girar alrededor del palo, como si fueran los planetas en torno al sol. El que se queda en la cima baila, toca su flauta y un pequeño tambor para invocar los cuatro puntos cardinales.

Luego de esta escena te sientes totalmente decidido a conocer tus raíces y es así como ingresas a Antropología. Al dar mis primeros pasos dentro del recinto y ver las filas interminables de niños en edad escolar, sentí como si el tiempo se hubiera detenido; recordé justo aquel momento en el que entré por primera vez: era 1997 y tenía tan sólo 13 años. Hoy mi asistencia no es por una tarea escolar, sino por las ganas de conocer las nuevas exposiciones y, por su puesto, comprender por qué este museo es uno de los más representativos a nivel mundial.

Este lugar está principalmente dedicado a mostrarnos vestigios de las culturas mesoamericanas y enseñarnos sus tradiciones, costumbres, comportamiento y, lo principal, las piezas y objetos de la vida común de aquellos pobladores.

Pero, ¿por qué es tan importante? Sencillo. Antropología es el museo con el mayor número de piezas sobre nuestro pasado prehispánico, aproximadamente 26 mil objetos. Recorriendo cada una de sus salas podemos encontrar desde vasijas, réplicas de escenarios, como mercados, pirámides y canales, hasta llegar a los monolitos reales como el Tláloc, dios de la lluvia, la cabeza Olmeca y la Piedra del Sol, conocida por muchos como calendario azteca .

Cabeza colosal número 1

Recorrer las 23 salas que conforman el recinto nos hace caminar aproximadamente cinco kilómetros, por eso se recomienda llevar ropa y calzado cómodos. Una vez dentro puedes encontrar colecciones como la de los Teotihuacanos, una civilización que nos dejó como herencia las míticas pirámides del Sol y la Luna; los Mexicas, la cultura que se estableció en el centro del país gracias a la señal que los dioses les enviaron: un águila devorando una serpiente; y los Mayas, una cultura que nos legó el “cero” y grades avances en astronomía. Algunas de las piezas de ésta última sala ahora mismo se encuentran en el museo Quai Branly de París, como parte de la muestra Los Mayas, un mundo sin fin que se exhibirá en esa ciudad a partir del 7 de octubre.

Y es justo en este punto donde reflexiono y me doy cuenta de las cosas en común que tienen cada una de estas culturas. No se conocieron físicamente pero su amor a la naturaleza y a lo desconocido se plasmaron en cada vasija, en cada códice y en cada pirámide que construyeron, todas dedicadas al sol, a las estrellas y la fertilidad de la tierra.

Mientras vas caminando y entendiendo las civilizaciones, más en el ánimo por llegar a ver las piezas clave de nuestra mexicanidad —porque siempre hemos querido ver de cerquita las piezas monumentales ¿o no?—, al fin llegas a uno de los lugares esenciales del museo. Ahí está, es como lo imaginas: la imponente Piedra del Sol corona la sala.

OK Piedra del sol

La colección Mexica tiene en su haber códices encontrados en distintas excavaciones del Centro Histórico de la Ciudad de México. Y fue justo en una de ellas, mientras se construía la línea 2 del metro, en la década de los 70, que se dio con el calendario azteca. El color, entre gris y blanco, y la textura de este monolito se mantienen intactos, y al acercarme pude ver claramente los grabados y sus detalles.

Es inevitable, todos lo queremos tocar pero esto no es posible ya que se encuentra estratégicamente colocado en la parte superior de la sala. Esto permite contemplar sus tres metros de diámetro, 122 centímetros de grosor y 24 toneladas de piedra pura. Sí, se puede mirar, pero de tocarlo, ni hablamos.

Al seguir recorriendo el recinto llegan las preguntas a la mente: ¿Cuándo se construyó esto? ¿por qué? Y como buena periodista me di a la tarea de investigarlo. El Museo Nacional de Antropología fue construido entre 1963 y 1964 bajo el mandato del presidente Adolfo López Mateos y desde el primer momento cautivó miradas: por primera vez en la historia de México una pieza prehispánica de gran tamaño era trasladado de su lugar de origen a un museo. Así fue como llegó Tláloc, desde Coatlinchan, Texcoco, remolcado por un par de camiones de carga y cientos de trabajadores que colocaban palos para que el monolito pudiera moverse.

Conocer por completo el museo nos puede llevar hasta una semana, según palabras de nuestro guía certificado, ya que el recorrido no se limita a ver sólo las piezas; también hay que conocer los murales, maquetas y películas que el Instituto Nacional de Antropología e Historia ha preparado para el visitante.

Sin embargo, esto no es lo único que encontraremos. Al igual que la piezas del México antiguo nos dejan un legado, otras culturas en el mundo también nos dan información.

Las exposiciones temporales dentro del Museo de Antropología han sido dedicadas a varias expresiones culturales, desde la majestuosa muestra del arte egipcio, pasando por Visiones de la India, Los griegos, Las cabezas del zodiaco —inspirada en el arte chino—, hasta llegar a la que se exhibe actualmente, Escudo Nacional: Flora, fauna y biodiversidad.

Para finalizar la experiencia, y después de varias horas caminando, viene la parte refrescante —yo diría renovadora porque sí que me dio calor—. Al salir a los jardines y patios nos encontramos con varias fuentes colosales. En especial hay una en la que chicos y grandes quieren tomarse la foto —ojo, foto, no selfie—: la fuente del paraguas. En ella cae el agua y todo aquel que lo desee puede darse un chapuzón.

OKFuente paraguas

La experiencia termina al salir del museo, cuando te encuentras con los artesanos que venden llaveritos, collares e incluso hasta una torta y un refresco, si es que el hambre y la sed los atacó.

El Museo Nacional de Antropología está abierto de martes a domingo con un costo de entrada de 50 pesos. Estudiantes y Maestros tienen el 70 por ciento de descuento.

Así que no hay pretexto, caminemos mientras aprendemos ¿No lo creen?

Comments

comments