A unos pasos de entrar al metro Insurgentes se empezó a mover la tierra. Mi bebé, que durante el temblor del 7 de septiembre reía inocente, ajeno al peligro que representa una sacudida así, esta vez no soltó ni una sonrisa. Tampoco se espantó. Su mamá sí. Desde la emblemática Glorieta de Insurgentes, ella veía cómo un par de torres habitacionales chocaban; yo miraba como se tambaleaba el edificio de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) de la Ciudad de México. Por un momento creí que colapsaría. Solo cayeron los vidrios de algunas ventanas.

En cuanto terminó el sismo, un tipo aprovechó el desconcierto para darme una postal con pasajes bíblicos, hablarme del fin del mundo y mencionar que mi salvación estaba próxima si visitaba su iglesia. Lo dejé hablar, pero no lo oía. Buscaba inútilmente en mi celular, que perdió de inmediato la señal, la magnitud del movimiento telúrico. Fue tan enérgico que unas diez personas tuvieron que sostenerse de un delgado poste de luz. Otro sujeto en voz alta culpaba al gobierno del terremoto que acabábamos de sentir. “¡Los pinches políticos no tienen idea del poder nuclear de Corea del Norte! Esto no es casualidad. Es consecuencia de la expulsión de su embajador”, gritaba el hombre con sentimientos apocalípticos.

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Diez minutos después el metro restableció el servicio. Abordé con mi hijo. La gente quería saber si había colapsado algo a causa del temblor, pero no había manera. Yo imaginaba que si no cayó el edificio de la SSP, que se tambaleó como gelatina, seguro que todo seguía en pie. Al llegar a casa conecté el celular a las bocinas y sintonicé las noticias en el radio. Ahí me enteré que la magnitud del sismo fue de 7.1, que una locutora en el trayecto hacia la estación de radio vio diez edificios destruidos o con partes colapsadas. Conforme pasaba el tiempo llegaban más noticias. Como hace 32 años, derrumbes otra vez en la Roma, otra vez en la Condesa; se sumaron la Obrera, la Portales, la Del Valle. Por primera vez Xochimilco, por primera vez Coapa, donde por mucho tiempo los alumnos de la UAM Xochimilco decíamos que no se sentían los temblores. “Van 25 edificios derrumbados por el temblor”, decía la locutora en un conteo preliminar apenas a la hora y media después del suceso. Eran muchos. Se acumularían más, muchos más: 38 en total. Pensaba en la coincidencia macabra: 32 años después, otro 19 de septiembre, volvía a caerse la ciudad, mi ciudad.

Para distraerme le cambio el pañal a mi bebé, pero durante la tarea llega a mi mente una revelación: por azar estoy vivo y a salvo en mi casa, a solo dos kilómetros del Centro Histórico; que mucha gente salió por la mañana y ya no regresará a su hogar. Mastico la angustia de los que quedaron atrapados entre bloques de cemento, que respiran gas y polvo, que ven la oscuridad, que palpan el miedo. Me avergüenzo de mi soberbia, porque creí que si no había pasado nada con un temblor de 8.1 grados de magnitud, como el del 7 de septiembre, difícilmente un sismo menor le haría daño a la urbe en que vivo. Algo me empieza a molestar en el pecho y luego en la garganta. Trago saliva. Siento un cosquilleo en la mejilla. Cuando me rasco una lágrima que corre por un surco de mi cara termina entre mis dedos.

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—Voy a buscar unos laboratorios para que me saquen una radiografía. Me tropecé y traigo el pie hinchado —me dice la señora Rodríguez mientras a un amigo y a mí nos da un raid a San Gregorio, uno de los poblados más afectados por el temblor en Xochimilco—. No voy al Seguro Social porque esto no es nada comparado con la gente que les llega por el terremoto.

Tras el derrumbe del multifamilar en Calzada de Tlalpan, un fragmento de las vías del Tren Ligero fue tomado como parte del centro de acopio del lugar, lo que dificulta transportarse hacia el sur. La gran demanda de microbuses y camiones por parte de brigadistas, voluntarios y miles de personas que quieren llevar ayuda, también dificulta la movilidad. La mujer, como otros automovilistas, da un voto de confianza a la gente y sube a quien pide un aventón.

—Qué bueno que van a ayudar —comenta con un tono de voz melancólico. La señora que va de copiloto, probablemente su hermana, asiente—. Yo me lastimé porque ayer estuvimos removiendo algunos escombros. Mi sobrino no la libró.
—Qué pena —contesto con verdadero pesar.
—Se llamaba Joaquín Rodríguez, tenía 26 años. Vivía en la unidad que se cayó en Los Girasoles, ¿conoces?, por la Comercial de Coapa. Estaba en el cuarto piso. Fue muy difícil encontrarlo, no nos daban bien la información. Primero nos decían que estaba vivo, que lo habían llevado a la Marina; y luego que al Hospital Magdalena de las Salinas y después este y el otro. Así estuvimos por varios hospitales buscando, hasta que a alguien de la familia se le ocurrió preguntar adónde llevan a los muertos. Y sí lo encontramos en el SEMEFO. Sacaron su cuerpo de los escombros como a la una de la mañana y nosotros lo encontramos como a las 4:30.

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Quiero decirle a la señora Rodríguez que me duele mucho que alguien tan joven haya muerto de esa manera. Pero no me atrevo a hablar. Su dolor es tanto que le cuenta a dos desconocidos su desgracia.

—Ahorita venimos del funeral. Fue un trabajo encontrar funeraria. Es chiquitita. Lo estamos velando ahí por la avenida Plutarco Elías Calles.

Hasta entonces me doy cuenta del cansancio que carga la señora Rodríguez. Son casi las dos de la tarde. Lleva más de 24 horas sin parar.

—Su cuerpo quedó ennegrecido. Tuvo aplastamiento de estómago. Las piernas también. Nos dijeron que sufrió mucho; tardó en morir. Pero sabes qué, salvó a su familia.
—¿Cómo lo hizo? —pregunto tratando de controlar mi pierna izquierda que quiere temblar cuando imagino la muerte del muchacho.
—Su esposa y su hijo mayor salieron antes del temblor. Él se quedó con su hijo de seis meses. Cuando empezó el sismo abrazó a su bebé, lo llevó a su pecho y lo cubrió con su cuerpo. Ahorita el nene está grave en el hospital porque se golpeó. Pero está vivo.

Los ojos de la señora Rodríguez lucen caídos, enmarcados por ojeras. De ellos no sale el llanto; de su voz no sale ni un sollozo cuando recuerda a su sobrino. Lloró tanto en la búsqueda y en el funeral que agotó las reservas del día. En la intersección de Miramontes y Escuela Naval Militar la señora Rodríguez se detiene. Quiere meterse a un centro comercial para atender su pie. Antes de que bajemos nos pide esperar, busca rápidamente en su bolso y saca un billete.

—Tomen muchachos, para que se vayan en un transporte o taxi.
—No, señora, ¿cómo cree? —respondemos sorprendidos, rechazado con la mano. No esperábamos esa reacción—. No necesitamos dinero. Pedimos raid porque no hay ahorita ni camiones ni pesaros.
—Por favor llévenselo. Van a ayudar.

De pronto comprendo su gesto. A través de nosotros agradece el trabajo de los rescatistas y voluntarios que recuperaron el cuerpo de Joaquín; a través de nosotros mira a su sobrino, que de no haber muerto seguramente estaría ayudando en la remoción de escombros; a través de nosotros se ve a sí misma apoyando en la zona cero. Tomo el billete y lo guardo. Al día siguiente compro con ese dinero material quirúrgico y lo llevo a un centro de acopio en la Condesa. Una chica me pregunta de qué zona vengo.

—De Los Girasoles, en Coapa —contesto.

La muchacha grita el nombre de la colonia en la que estaba el edificio de Joaquín mientras pasa el donativo por una cadena humana. El resto de los voluntarios aplauden y hacen bulla. Yo también golpeo mis palmas entre sí. Que vaya la ovación para Joaquín, que salvo una vida a costa de la suya.

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Leo una publicación en Facebook de la escritora y cronista Magali Tercero: “¿Saben que me falta en este temblor de 2017? El magnífico y catártico sentido del humor de 1985. ¿Qué nos pasó?”.

En las redes sociales hay convocatorias para ir a ayudar o llevar material a tal lado, ubicaciones de centros de acopio, reconocimiento a los voluntario y perros rescatistas, condenas por la invención y difusión de la imaginaria Frida Sofía, muchas noticias falsas y más. Pero hay pocos memes, todos muy cuidadosos. No hay chistes referentes al temblor que nos sirvan de válvula de escape.

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Para el monero Rafael Barajas El Fisgón, el humor es una de las pocas cosas que nos permiten sobrellevar las tragedias de esta vida, de este planeta. Carlos Monsivaís en su libro Entrada libre: Crónicas de la sociedad que se organiza, escribe que “el mexicano gracias a Posada y a la desnutrición se ríe de la muerte, porque si yo de esta me salvé mejor me río”. Aunque más adelante hace una excepción al mencionar que en la catarsis no recuerda ingeniosidad alguna sobre sucesos como la matanza del 2 de octubre. “Al final hay descargas emocionales que no admiten el chiste”. Tal vez por eso el infame tuit de Juan Cirerol (“Debería darme tristeza el sismo del DF pero no”, acompañado de una carita feliz) fue ofensivo, porque no se trató de un acto de purificación ante el miedo, sino un ataque.

Magali recuerda una broma del 85: ¿Por qué le dicen La Dona al DF? ¡Porque no tiene centro, ja,ja!”. Es probable que lo políticamente correcto nos haya censurado ese rasgo, que más allá de una burla hacia la situación, las personas muertas o las familias afectadas, sirve como una cura para el dolor y la angustia. Quien ose publicar algo gracioso al respecto es condenado a la crítica pública de Facebook o Twitter. Como le pasó a mi amigo Vicente Solís, por cierto, un divulgador de la cultura del pulque en la Ciudad de México. Tomó una fotografía de la pulquería Los Escombros y la publicó acompañada de un texto: “De aquí nadie quiere que lo saquen”. La reprobación fue dura. Insensible fue el calificativo más amable que recibió. Es probable que si lo hubiera hecho en privado los amigo hubiéramos reído. Pero no. Lo políticamente correcto en redes sociales nos obligó a decirle que no era el momento y que era un pendejo.

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“No hay humor sobre el temblor”, se lamenta Magali Tercero y se pregunta: “¿Es tan malo reír en la cara del horror?”. No, querida Magali, no es malo. Es necesario porque, siendo sinceros, un temblor es como un divorcio: se van y te dejan sin casa, sin auto, y sin calzones.

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