“¡Epa!, ¡malditos camioneros que no frenan al pasar los topes!… ¿Camión?, pero si la avenida está bastante lejos. ¡Válgame Dios, está temblando!”.

Me levanté de la silla para caminar rumbo a la salida del Palacio Legislativo de San Lázaro. Eran las 13 horas con 14 minutos; era el 19 de septiembre, era de nuevo el 19 de septiembre, como un dejavú, pero había una diferencia en relación con el 85, ésta vez sí estaba asustado, sí me temblaron las patitas;. ésta vez sí sentí que me tragaba la tierra. La alarma sísmica no alcanzó a avisarnos. Y mientras tanto tuve que mantener la tranquilidad para ayudar a una compañera que se prendió de mi brazo porque estaba sufriendo un ataque de nervios.

Pasada la primera impresión volví a mis cabales y comencé a actuar como reportero, chequé el reporte del sismológico y comencé a hacer entrevistas. No habían pasado ni dos horas desde que se llevara a cabo el mega simulacro de sismo y por tanto era imposible no recordar lo sucedido 32 años antes, cuando la Ciudad de México vivió el peor episodio de su historia, cuando otro terremoto, de mayor intensidad, 8.1 grados en la escala de Richter, dejara una cifra no confirmada de más de 10 mil muertos y una estela de más de 400 edificios derrumbados en el centro de la capital y en colonias como Tlatelolco, la Roma y Narvarte.

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El sismo del 85

En aquel entonces yo contaba con 19 años de edad y estudiaba Derecho en la UNAM, era mi primer semestre. Fiel a mi costumbre —muy mala costumbre—, iba tarde a clases. Acababa de bajar del camión e iba caminando por el estacionamiento de la Facultad de Filosofía y Letras cuando de repente sentí que, literalmente, me estaban moviendo el piso. Eran las 7 de la mañana con 19 minutos.

“¿Y a ti qué te pasa?”, ¿de cuál tomaste?”, me dije. Comencé a reírme sin comprender lo que realmente estaba sucediendo, al tiempo que levantaba la vista para mirar a un tipo abrazado a un poste de luz y a una mujer que se hincaba, como pidiendo perdón por los pecados cometidos la noche anterior. El charco junto al que había pasado unos metros atrás ya no estaba, había bañado la barda de piedra volcánica del estacionamiento.

Seguí mi camino hacia la Facultad de Derecho, pero ya no alcancé a llegar al salón de clases, pues todos se hallaban en el patio del plantel o sobre la avenida principal. Habían suspendido las clases. Ahí me contaron que varios edificios se habían colapsado, entre ellos el Hotel Del Prado en la avenida Juárez y las instalaciones de Televisa Chapultepec.

Con semejante información decidí regresar a mi casa, pero atento a cualquier daño que pudiera observar en el camino. Pero nada, no vi nada de nada. Insurgentes sur estaba intacta. “Deben haber querido tomarme el pelo, porque todo luce normal”, me dije a mí mismo, mientras viajaba en el autobús y miraba por la ventana. Sólo comprendí la magnitud del sismo cuando, ya en casa, encendí el televisor y pude enterarme, gracias a la transmisión del licenciado Zabludovski, lo que estaba pasando allá afuera, en el centro de la ciudad y en algunas otras zonas “lejanas” a la normalidad de Plateros.

Me preocupé porque mi papá y unos primos vivían en San Antonio Abad, casi enfrente del Conjunto Pino Suárez, y uno de esos edificios se había caído. Para mi fortuna pude comunicarme con ellos. Todos estaban bien.

Sólo una vez quise ir a la zona cero, pero luego me arrepentí. ¡Ufff!, ¡qué horror!, ¡qué dolor!, ¡qué impresión! Bajar del metro San Antonio Abad, frente al colapsado edificio de las costureras, todavía con polvo en el ambiente y esa sensación de estar en una zona de guerra fue suficiente como para que no quisiera seguir adelante.

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El 2017

Hoy todo es diferente, hoy la tragedia no es igual, pero también es tragedia, y esa sensación de estar reviviendo lo ocurrido hace 32 años no se me quita de la mente.

Esta vez sí viví las horas del rescate, los días del acarreo de escombros, los reclamos de los familiares que ven escapar la oportunidad de volver a ver con vida a su hijo, su hermano o su esposo. Esta vez, como reportero, sí me tocó estar de frente a la sensación de ahogo por el polvo que quedó tras la caída del edificio en Viaducto y Torreón, esta vez sí me empapé reportando las labores de búsqueda en la calle de Ámsterdam en la Condesa, esta vez sí comí las tortas que tan solidariamente preparaba la gente para apoyar a los voluntarios en la Roma. Esta vez sí entrevisté a los brigadistas, a los voluntarios, a los bomberos y a los Topos. Esta vez tuve que dejar que me aplicaran la vacuna contra el tétanos. Esta vez todo ha sido tan real, tan triste, tan doloroso. Esta vez se me cerró la garganta al aire, se me quebró la voz y quise llorar. Y no fue un dejavú, esta vez sí lo viví y sí lo reporté. Esta vez espero que sea la última vez, porque esta vez espero que nunca vuelva a repetirse.

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